sábado, 20 de agosto de 2011

PEREGRINANDO CON MARIA


 
MARÍA SANTÍSIMA, EL TESORO DE DIOS
Dios Padre creó un depósito de todas las aguas y lo llamó mar. Creó un depósito de todas las gracias y lo llamó María. El Dios omnipotente posee un tesoro o almacén riquísimo en el que ha encerrado lo más hermoso, refulgente, y precioso que tiene, incluido su propio Hijo. Este inmenso tesoro es María Santísima, a quien los santos llaman el Tesoro de Dios, de cuya plenitud se enriquecen los hombres. (n.23)

Dios Hijo comunicó a su Madre cuanto adquirió mediante su vida y muerte, sus méritos infinitos y virtudes admirables, y la constituyó tesorera de todo cuanto el Padre le dio en herencia. Por medio de Ella aplica sus méritos a sus miembros, les comunica virtudes y les distribuye sus gracias. María constituye su canal misterioso, su acueducto, por el cual hace pasar suave y abundantemente sus misericordias. (n.24)

Dios Espíritu Santo comunicó a su fiel Esposa, María, sus dones inefables y la escogió por dispensadora de cuanto posee. De manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias. Y no se concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos virginales. Porque tal es la voluntad de Dios que quiere que todo lo tengamos por María. Y porque así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la nada por su humildad. Estos son los sentimientos de la iglesia y de los Santos Padres. (n.25)
 
(San Luis María Grignión de Monfort. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen". puntos 23, 24 y 25.)

Querido/a Suscriptor/a de "El Camino de María"
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Hemos comenzado esta edición especial de El Camino de María, dedicada al inicio de la PEREGRINACIÓN CON NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN, con conceptos escritos por San Luis María Grignión de Monfort en su
A lo largo de esta  edición les sugeriremos oraciones y meditaciones para rezar diariamente a María Santísima, en su advocación de NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN. 
A las tradicionales devociones que a continuación señalamos: Triduos y Novenas Marianas. Mes de María. "Ángelus Domini" ."Regina caeli" . Santo Rosario .Letanías de la Virgen. Consagración-entrega a María. Escapulario del Carmen y otros escapularios. Medallas marianas. Himno "Akathistos", se ha incorporado en los últimos años, en algunos países, la PEREGRINACIÓN CON NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN.
Desde el 25 de Marzo al 25 de Diciembre diariamente los creyentes-peregrinos podemos PEREGRINAR CON NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN,  haciendo memoria de los 9 meses que llevó a Jesús en su Purísimo Seno.  Durante esta Peregrinación cada creyente-peregrino acostumbra a pedir a la Santísima Virgen que le ayude a conseguir tres gracias muy especiales
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La piedad popular a la Santísima Virgen, diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, es un hecho eclesial relevante y universal. Brota de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María de Nazaret: La Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador, sino también, en el plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.
De hecho, los creyentes entendemos fácilmente la relación vital que une al Hijo y a la Madre. Sabemos que el Hijo es Dios y que Ella, la Madre, es también Madre nuestra. Creemos en la santidad inmaculada de la Virgen María, la veneramos como Reina gloriosa en el Cielo, y estamos  seguros de que María, Madre de Misericordia, intercede en nuestro favor, y por tanto imploramos con confianza Su protección. Por ello celebramos con gozo sus fiestas, participamos con gusto en sus procesiones, acudimos en peregrinación a sus Santuarios, nos gusta cantar en su honor, y le presentamos ofrendas votivas. 
La Iglesia nos exhorta a todos – ministros sagrados, religiosos, fieles laicos – a alimentar nuestra piedad personal y comunitaria con ejercicios de piedad. El culto litúrgico, no obstante su importancia objetiva y su valor insustituible, su eficacia ejemplar y su carácter normativo, no agota todas las posibilidades de expresión de la veneración del pueblo de Dios a la Santa Madre del Señor.
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"Madre de Dios". Al repetir hoy esta expresión cargada de misterio, volvemos con el recuerdo al momento inefable de la Encarnación y afirmamos con toda la Iglesia que la Virgen se convirtió en Madre de Dios por haber engendrado según la carne a un Hijo, que era personalmente el Verbo de Dios. ¡Qué abismo de condescendencia se abre ante nosotros!
Se plantea espontáneamente una pregunta al Espíritu: ¿Por qué el Verbo ha preferido nacer de una mujer (cf. Gál 4, 4), antes que descender del Cielo con un cuerpo ya adulto, plasmado por la mano de Dios (cf. Gén 2, 7)? ¿No habría sido éste un camino más digno de Él?, ¿más adecuado a su misión de Maestro y Salvador de la humanidad? Sabemos que, en los primeros siglos, sobre todo, no pocos cristianos (los docetas, los gnósticos, etc.) habrían preferido quo las cosas hubieran sido de esa manera. En cambio, el Verbo eligió el otro camino. ¿Por qué?
La respuesta nos llega con la límpida y convincente sencillez de las obras de Dios. Cristo quería ser un vástago auténtico (cf. Is 11, 1) de la estirpe que venía a salvar. Quería que la redención brotase como del interior de la humanidad, como algo suyo. Cristo quería socorrer al hombre no como un extraño, sino como un hermano, haciéndose en todo semejante a él, menos en el pecado (cf. Heb 4, 15). Por esto quiso una Madre y la encontró en la persona de María. La misión fundamental de la doncella de Nazaret fue, pues, la de ser el medio de unión del Salvador con el género humano.
En la historia de la salvación, sin embargo, la acción de Dios no se desarrolla sin acudir a la colaboración de los hombres: Dios no impone la salvación. Ni siquiera se la impuso a María. En el acontecimiento de la Anunciación interpeló su voluntad y esperó una respuesta que brotase de su fe. Los Padres han captado perfectamente este aspecto, poniendo de relieve que "la Santísima Virgen María, que dio a luz creyendo, había concebido creyendo" (S. Agustín, Sermo 215, 4; cf. S. León M., Sermo I in Nativitate, 1, etc.), y esto ha subrayado también el reciente Concilio Vaticano II, afirmando que la Virgen "al anuncio del ángel recibió en el corazón y en el cuerpo al Verbo de Dios" (Lumen gentium, 53).
El "fiat" de la Anunciación inaugura así la Nueva Alianza entre Dios y la criatura: mientras este "fiat" incorpora a Jesús a nuestra estirpe según la naturaleza, incorpora a María a Él según la gracia. El vínculo entre Dios y la humanidad, roto por el pecado, ahora felizmente está restablecido..."
"¡Queridos hijos, de manera especial, hoy deseo invitaros a la conversión. Que a partir de hoy comience una vida nueva en vuestro corazón. Hijitos, deseo ver vuestro “sí” y que vuestra vida sea el vivir con alegría la Voluntad de Dios en cada momento de vuestra vida. Hoy, de manera especial, Yo os bendigo con mi bendición maternal de paz, de amor y de unidad en mi Corazón y en el Corazón de mi Hijo Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!"
"Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen.".
        

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